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Tzotz avip; mucha fuerza

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Tzotz avip; mucha fuerza

María Sonia López Ochoa (Sonia Ochoa)

 

Estoy a punto de obtener el grado de licenciatura en relaciones internacionales por parte de Berkeley University y, para lograrlo, tendré que realizar una tesis, estoy pensando en el tema y cada vez me convenzo más de que tiene que ser algo relacionado con el lugar de donde provienen mis raíces, mi sangre, mis padres…

Hace más de 20 años que vivo en Estados Unidos aquí me he desenvuelto, hecho mi vida y más que una nacionalidad, sigo el estilo de vida estadounidense.

Yo no critico las cadenas de comida rápida porque para mí han sido más que eso, han sido lugares de encuentro con los amigos. Las películas de Holywood no son cine comercial, he crecido creyendo en esa cultura americana, en sus iconos y en sus creaciones.

Cuando pienso en casa nunca me remonto en la nostalgia de regresar a México –como lo hacen mis padres–, mi verdadero hogar se encuentra aquí en la Unión Americana.

Después de todo lo que he dicho, he olvidado decir mi nombre y es que es lo que menos me gusta, pues ha generado gran polémica en mi familia. Mis padres pertenecen al grupo indígena tzotzil del estado de Chiapas, y como parte de tal tienen sus costumbres y creencias, una de ellas es bautizar a los niños asignándoles un nombre de la Biblia o relacionado con el catolicismo, y otro en el idioma tzotzil que represente un tótem, así que mi nombre original es Guadalupe Pashula, que significa Pascuala. Digo original porque aunque parezca novelesco hice hasta lo imposible por cambiarlo, me llevó muchos meses y varios trámites, pero finalmente a los 21 años adquirí el nombre de Guadalupe Estefanni, al fin mis amigos, mis boyfriends y mis compañeros dejaron de cuestionarme tanto, por lo menos con lo del nombre.

A muchos les parecerá racista, a otros algo intolerante, pero sólo quien me entienda sabrá que la adaptación es la ley de la sobre vivencia. Muchas veces pensé que era una actitud soberbia, pero si vieran los cambios que surgieron a partir de eso en mi vida, me entenderían.

Claro, ahora entiendo a mis padres, pues ellos sí que tuvieron qué cargar con el cliché del inmigrante mexicano ilegal y además indígena.

Hace más de 25 años que mi padre decidió probar suerte y lanzarse a alcanzar el sueño americano, pobre de él, pues tuvo qué pasar muchas cosas para llegar a donde está, supongo que hay muchas personas que pasaron por lo mismo, pero cuando además de ser inmigrante se es indígena se sufre una doble discriminación, ya sabrán por qué.

Todas estas reflexiones surgen a raíz de un viaje. Hace un par de semanas regresamos de visitar el lugar de origen de mis padres en el sur de México, en el estado de Chiapas. Después de muchos años hubo reencuentros y muchas sorpresas para mí y para mi hermana (menor que yo y nacida también en California), cada detalle fue para nosotras una experiencia nueva, más que un lugar exótico qué visitar fue un proceso de aprendizaje que nos cambiaría para siempre.

Aunque sabíamos que nuestras raíces eran indígenas nunca nos habíamos sentido parte de ellas y bueno, me quejaba tanto de inadaptación que realmente no tenía ni la menor idea de lo que mis padres habían hecho por estar donde están.

Siempre he sentido las miradas un poco intimidantes de la gente que nos ve como inmigrantes debido a nuestra apariencia física, pero de eso ya estamos acostumbrados y cabe decir que son insignificancias, pues Estados Unidos está lleno de diversidad y esa variedad hace perder un poco el asombro, pero habrían de haber visto nuestro primer viaje a México.

Cuanto más al sur más intensas eran las miradas. Luego de varios días de viaje llegamos a San Cristóbal de las Casas (ciudad ubicada en la zona alta del estado de Chiapas), lugar donde vivieron mis papás y en el cual pasaron sus primeras experiencias laborales. En este lugar no es tan común ver llegar a gente "De fuera", me refiero muy específicamente a las personas que llegan "del Norte" con camionetas último modelo y grandes cargas de equipaje. La frase de bienvenida fue: "Pinches indios aviriguados, ya vienen revestidos", típicas palabras ofensivas y llenas de recelo que obviamente no esperaba escuchar tan rápido y menos de alguien desconocido. Lo que más me sorprendió fue el silencio de mis padres antes tales comentarios, a pesar de saber que nosotras (mi hermana y yo) habíamos comprendido todo.

Ya era hostil el ambiente y la mirada de mis padres había cambiado de intensidad, era un crisol de sentimientos, pues como se les veía alegres también se les veía tristes e incluso enojados.

Por un momento los malos sentimientos quedaron atrás, pues los reencuentros iluminaron nuestros corazones. Yo no conocía a nadie más que por fotos, sabía que usaban trajes típicos regionales y que hablaban tztozil y otras lenguas, pero jamás me imaginé estar tan cerca.

Como primera escala llegamos a San Cristóbal, donde la familia de mi madre nos esperaba, después de unos días tendríamos que viajar un par de horas para llegar al poblado de mis abuelos paternos.

El arribo a la casa de mis abuelos maternos fue para mi hermana y para mí un baño de agua fría, y es que ni siquiera era el México que nos imaginábamos, no era el guacamole ni los tacos lo que nos esperaba, sino los platillos y bebidas tradicionales indígenas, las tortillas hechas a mano, los tamales de mumu o hierba santa, el pozol de cacao, el caldo de jolote, los frijoles negros hirviendo en el fogón y otros platillos eran exóticos y no quiero parecer exagerada, pero el darse cuenta que hay un México diferente dentro del mismo México es sorprendente.

Pasados algunos días y mientras permanecíamos en San Cristóbal decidí salir a conocer la ciudad y a tratar de aclarar mis ideas, confundidas de tantas sorpresas.

Creo que bastó con salir a las primeras calles para darme cuenta de lo que papá alguna vez nos había platicado.

Mi padre siempre nos ha inculcado valores como el respeto, la tolerancia y equidad. Ahora entiendo por qué. Él alguna vez nos dijo que su último trabajo había sido en una tortillería como chalán, recordaba tan bien el nombre que decidí buscarla e ir más al fondo de las experiencias de mi padre. Llegué y lo primero que vi fue a un "blanco" sin educación mandando con malas palabras a varios hombres indígenas, me dio tanto coraje saber que mi padre había dedicado cinco años de su vida al servicio de ese personaje y que además le había costado la pérdida de un dedo de la mano sin una indemnización –mucho menos algún reconocimiento a su esfuerzo– que estuve a punto de lanzarme contra ese sujeto, desafortunadamente reaccioné y me di cuenta que no era más que la repetición del mismo patrón (en todos los sentidos de la palabra), después de tantos años no podrían encontrarse ahí mismo a las misma personas. Era triste darse cuenta que las nuevas generaciones aún arrastran las actitudes intolerantes de siglos atrás, y que la explotación del hombre por el hombre es cosa de todos los días.

Cerca de la tortillería está el mercado de la ciudad, el  ochenta por ciento de las personas que llegan a ofrecer sus mercancías son indígenas, el otro veinte por ciento lo conforman los "ladinos", como se les llama a los mestizos sancristobalenses. Las mujeres indígenas encabezan el número de puestos ambulantes del mercado con pequeñas cantidades de mercancía que ellas mismas cultivan.

Es difícil pensar que algún día mi madre estuvo arrodillada ahí mismo ofreciendo blusas bordadas, mal pagadas porque en aquellos tiempos era difícil que alguien apreciara las artesanías indígenas y mucho menos que las portaran, bueno, en realidad ya no sé si sólo en aquellos tiempos…

Duele ver que han pasado muchos años y aunque en menos proporción, los sesgos entre las personas son aun amplios. Veo pasar a las señoras que van acompañadas de sus sirvientas y no dejo de pensar que mi madre estuvo en la misma situación, obedeciendo y cargándome en su vientre entre tanta miseria, tantas carencias y soportando la soledad de tener a su único apoyo "al otro lado". Mi padre y mi madre como siempre luchando ante tanta adversidad.

Es un hecho que actualmente los grupos vulnerables como las mujeres, niños, ancianos e indígenas reciben más apoyo y que sus derechos son reconocidos pero, en un lugar donde los usos y costumbres pesan más que lo establecido en los libros y leyes se siguen encontrando abusos. Quizás para mis ojos todas aquellas imágenes eran nuevas y por lo tanto más sorprendentes pero jamás diré que eran normales.

Papá me llamó preocupado por la inseguridad de la calle y me pidió que regresara, al otro día nos esperaba un viaje al pueblo de mis abuelos paternos.

El tiempo en casa de mis abuelos maternos se pasó volando y es que éramos la sensación del momento, nunca me había sentido tan querida y aunque el idioma era en algunos instantes un problema, la comunicación nunca fue imposible. Mis primos un poco tímidos al principio nos enseñaron que las incomodidades –como le parecía al principio a mi hermana menor– por aquello de no tener Internet, aire acondicionado, electrodomésticos sofisticados, xbox o algún videojuego, eran insignificancias al reemplazarlas con un paseo al lado del río o una exploración al cerro más cercano a la colonia.

Era difícil ir dejando otra vez a la familia, llevaba un par de días de conocerlos y ya sentía nostalgia al alejarme.

Salimos de San Cristóbal, dos horas de carretera y otra media hora de terracería y caminos sinuosos tardaríamos en llegar a la casa de mis abuelos paternos, el lugar era menos que un ejido, la casa más cercana a la de los abuelos estaba aproximadamente a cien metros, todo el rededor era naturaleza, pureza, los colores eran más intensos, la tierra era roja, el cielo azul y los árboles verdes, en unas tonalidades intensas que jamás había visto.

La casa era de adobe y salía humo del fogón por una de las ventanas, el olor en el ambiente era una combinación de pino y ocote, la esencia natural que cualquier tienda de un shopping mall querría tener a la venta, pero era algo incapturable, vivo.

Mi abuela salió descalza –considerando que la temperatura no era mayor a los 18 grados– con un poco de pena, y es que ella sabía perfectamente que traeríamos modas y costumbres de ciudad, es más, no se atrevió a acercarse hasta que nosotras lo hicimos.

El abuelo era aún más serio, de rasgos duros, ambos eran personas de más de ochenta años y aún se conservaban fuertes, sobre todo la fuerza en su mirada que decía más que mil palabras de bienvenida. Para ellos también era difícil comunicarse, pues su español era básico.

Este encuentro fue realmente emotivo porque jamás había visto a mi padre tan al descubierto, tan frágil, parecía haberse permitido por primera vez el derecho a sentir, a llorar, a comportarse como un niño a pesar de ser todo un hombre, su llanto lo hacia pedazos y sólo él sabía tantas cosas que había pasado, tantos caminos andados y con ellos emociones de todo tipo: carencia, discriminación, amor, lejanía, impotencia, cansancio, etcétera.

En ese momento comprendí que mi padre había sido la base sólida de mi familia y también de su familia, él tuvo qué responder y no dejarse caer porque cargaba en sus hombros tantas cosas, y así en silencio siguió adelante, nunca se quejó, nunca me reprochó mis ideas banales; mis momentos de superficialidad, evidentemente él sabía que me había tocado vivir una época diferente a la suya y que la madurez me llegaría por medios y experiencias distintas.

Mientras el resto de la familia saludaba a los abuelos yo alcancé a ver a mi padre mirando los cambios que humildemente se le habían hecho a la casa de mis abuelos, quizás para nosotros era una vivienda precaria, pero para ellos era un hogar con todos los servicios y podían presumir de tener un dinerito guardado en el banco, tenían animales en crianza y un par de hectáreas de cultivos, para ellos esto era la forma más decente de envejecer.

Mis abuelos estaban muy orgullos de mi padre, quien desde los 12 años ya había emigrado a la ciudad para servir de mozo y poco a poco ir aprendiendo español para poder buscar un "mejor" trabajo.

Para mi padre era un regalo inolvidable alcanzar a ver a mis abuelos, sabía que tanto él lejos, como ellos ya mayores, corrían el riesgo de morir y el sentimiento de no verse afligía a ambos.

Era tiempo de contarse muchas cosas; sin embargo, el tiempo y la memoria no eran los suficientes como para detallar cada experiencia, eso es lo realmente lamentable, no era lo mismo contar las cosas después de tantos años, las emociones no eran vívidas y no había una continuidad, todo se le confía a la memoria y al corazón sabiendo que los momentos no se pueden repetir y que duele más no compartirlos en el instante con los seres más cercanos irónicamente, los más queridos.

Tarde ya para lamentarse valía la pena no dejar pasar el tiempo y aprovechar aquel instante, el volver a sentirse protegido por los padres, el recordar las carencias con dolor para sentir la abundancia con alegría, eran parte de aquel instante.

Era un respiro para mi padre como si nos dijera que por fin había llegado al principio de las cosas y al tiempo exacto para sí mismo, sintiendo que la vida se detiene y que se tiene todo, aunque después tenga qué desaparecer.

Esa cercanía con los abuelos nos hizo bien a todos, la timidez se fue olvidando y los abrazos eran cálidos, fuertes, sinceros.

Estábamos literalmente al natural, no había qué seguir ningún estereotipo, estilo de vida impositivo o de moda. La sencillez se respiraba en el ambiente, los sonidos eran reales, jamás había escuchado cosas tales como el canto de los grillos en la noche, los burros, el viento, los árboles…

Pasaron muchos días y todos nos olvidamos de que todo principio tiene su fin. Después de tantos días nos sentimos adaptados y como en casa a pesar de estar en un lugar tan distinto a nuestro verdadero hogar.

Nunca había visto tan plenos a mis padres, tan orgullosos, tan llenos de vida, en su medio. Ahora entiendo mejor por qué son las grandes personas que yo siempre supe que eran, ellos representan la grandeza de sus raíces, la fortaleza de su gente; mi gente.

Llegó el momento de despedirse y hasta en este momento no puedo evitar llorar, es muy fuerte el adiós y, como dice Neruda, es tan corto el amor y tan largo el olvido que todavía no me explico cómo puede pasar algo así, pero qué digo si parte de este sufrimiento lo he causado yo, porque mis padres quisieron lo mejor para mí y que yo naciera en mejores condiciones que ellos, por eso se los agradezco enormemente…

Ver lo que sufren los seres que más quiero me duele, este mismo sentimiento me da rabia porque es injusto que la vida sea tan breve y se tenga que perder tanto tiempo lejos de nuestros seres queridos. Mis padres han sacrificado el estar lejos de sus casas y ahora ya están acostumbrados por necesidad o por gusto a una nueva vida, ahora no pueden renunciar tan fácilmente a una situación económica estable y regresar a la precariedad, realmente es un dilema porque si regresaran a México estarían lejos de nosotras sus hijas.

Sé que las historias de emigrantes siempre son fuertes y merecen nuestra admiración porque ninguna ha sido fácil, todas se relacionan con algún tipo de carencia y el sentimiento de querer encontrar algo mejor para uno mismo y para nuestros seres queridos pero he decidido escribir esto porque dentro del grupo de emigrantes existen un subgrupo que por más de quinientos años ha tenido que luchar por el reconocimiento de sus derechos, sé que para todos es duro ser inmigrante, pero no todos han pasado la desdicha de ser discriminados una y otra vez. Para muchos regresar a México es regresar a casa, para otros regresar a México es el primer paso para regresar a casa.

Con estas líneas quiero mostrar mi respeto y admiración hacia los emigrantes pero, sobre todo, a todas aquellas mujeres y hombres indígenas que han salido adelante.

Por cierto, escribir esto me hizo saber que mi tesis tendrá qué ver con el aumento de mujeres indígenas de las zonas altas del estado de Chiapas que emigran a los Estados Unidos y que mi nombre verdadero es Pashula.

 

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